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El vicio de la lectura

Edith Wharton

Año:
2010
Nº de páginas:
48

Ensayos | Historia

El lector mecánico no obstaculiza la producción de obras maestras debido a su exigencia de que el escritor imaginativo deba ser tocado por “asuntos excelsos”, sino por su propia incapacidad de discernir los “asuntos excelsos” de cualquier libro, sin importar que grande sea éste, misma que representa cierto impedimento incidental a su visión. Para los que consideran a la literatura como una crítica a la vida, nada es más incomprensible que su incapacidad para distinguir entre la tendencia general de un libro —su valor técnico e imaginativo en conjunto— y sus características meramente episódicas. Que el lector mecánico deba confundir lo amoral con lo inmoral quizá resulte natural; tal vez haya que perdonarlo por una clasificación errónea de libros como La Chartreuse de Parme o La vida de Benvenuto Cellini: su peligrosidad para la literatura subyace en su ignorancia persistente del hecho de que cualquier retrato serio de la vida debe juzgarse no por los incidentes que presenta, sino por el sentido del autor respecto a la importancia de éstos. El libro dañino es el libro trivial: depende del escritor y no de la materia, sin importar que la contemplación de la vida dé como resultado un Fausto o un Faublas. Para apreciar la ausencia de esta percepción en el lector promedio, uno debe voltear al libro ordinario “impropio” de la actual ficción inglesa y estadounidense. En esas obras, disfrutadas bajo protesta, con la excusa de que son “desagradables, pero muy poderosas”, uno ve el reflejo de la imagen que los grandes retratos de la vida dejan en la mente del lector mecánico y de su novelista. Existe la colocación de “dolorosos” incidentes; pero el resto, al no ser percibido, se deja de lado.

Así pues, el lector mecánico trabaja de manera sistemática en contra de lo mejor de la literatura. Es obvio que resulta más dañino para el escritor. La amplia senda que conduce a la aprobación por parte de dicho lector se recorre tan fácil y está tan pletórico de prósperos compañeros de viaje, que muchos jóvenes peregrinos se han desencaminado por la mera ansia de tener compañía; y quizá no es sino hasta que termina el viaje, cuando dichos jóvenes llegan al Palacio de las Perogrulladas y se sientan al festín de alabanzas indiscriminadas, junto a los escritorzuelos que ellos más han despreciado, y ayudan a encomiar los platillos preparados en su honor, que sus pensamientos se vuelven con anhelo hacia el otro sendero: el camino recto que conduce a la “inmensa minoría”.

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con la colaboración de gapeca

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