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Alrededor de Luis Alberto de Cuenca

Fernando Sánchez Dragó

Año:
2011
Nº de páginas:
272

Poesía

“Las penas arden en el pecho / con llamaradas más profundas / que las del sol de mediodía”. Así concluye uno de los poemas más hermosos de La vida en llamas (Visor), el último libro de Luis Alberto de Cuenca, que vuelve a explorar esos continentes sumergidos, atlántidas de secreto dolor donde se agazapa la belleza, un tema que nuestro poeta ya había merodeado en anteriores entregas. Luis Alberto de Cuenca no gusta de los desgarros jeremíacos; pero bajo la fachada aparentemente risueña de sus versos se desliza, como un oro sombrío, una brisa de sufrimiento y desolación, el aleteo de una pesadilla que nos lanza su arañazo, para después recogerse en la guarida de un humor estoico y mordaz a partes iguales. La poesía de Luis Alberto de Cuenca presenta una superficie quieta y apacible como un estanque, pero basta asomarse a sus aguas para descubrir que esconde reflujos y mareas altas, tempestades y arrecifes pavorosos, faunas abisales y carnívoras que muerden sin piedad, antes de entregar el tesoro que custodian. Como esos bajorrelieves asirios que el poeta celebra en otro pasaje del libro, los poemas de Luis Alberto de Cuenca esconden un tumulto de pasiones terribles, crudelísimas, un hervor de sangre y de miedo que se aplaca en la medida exacta de cada verso. La vida en llamas semeja a simple vista una estancia de pacífica felicidad hogareña; pero basta girar el picaporte de su puerta para que el lector se halle al borde del cráter, fatalmente invocado por su magma, fatalmente atraído por la pujanza de un abismo incandescente que se abre a sus pies.

El poeta sabe que la literatura es “la llave / que nos abre la puerta del consuelo, la única / barricada posible contra el miedo de ahí fuera”. Y se esfuerza por hacernos la estancia lo más grata posible, exorcizando la angustia con poemas por los que deambulan los espectros benéficos de la bibliofilia, los héroes que “van a la muerte como quien va a una cita / de amor o de amistad”, los cantares de gesta, las mujeres fatales del cine, que con un golpe de ojos o una simple caída de pestañas repueblan el desierto del Gobi y prenden fuego a la selva del Amazonas. Las criaturas que pueblan La vida en llamas parecen revolcarse sobre un lecho de ortigas y vidrios rotos: se quieren con voluptuosidad y espanto, con un júbilo encarnizado y caníbal, como si necesitaran destruirse para sentirse vivas; se entregan a ensoñaciones tétricas y a oraciones feroces; se intercambian caricias y dentelladas, como si quisieran probar la recóndita verdad de aquella frase de Baudelaire: “El amor es un crimen en que tienes / que contar por lo menos con un cómplice”. Pero, tras la travesía por los páramos del dolor, atisban allá al fondo, refugiado en un valle, un jardín donde aún es posible plantar la tienda de campaña y recogerse, para lamerse mutuamente las heridas.

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